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APERTURA.
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VIA DE ACCESO: RELACION Y CONVIVENCIA INTERNACIONAL.
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CONCEPTO FUNDAMENTAL: HISTORICIDAD.
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CONCEPTO SUBSIDIARIO: HECHOS HISTORICOS.
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VALORES: LIBERTAD, JUSTICIA Y SOCIEDAD.
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PROPOSITO: EL ALUMNO CONOCERA LAS DISTINTAS FORMAS DE
RELACIONES Y CONVIVENCIA INTERNACIONAL EN LOS QUE PARTICIPARON EL MEXICO COLONIAL Y EN LA EPOCA DEL PORFIRIATO.
RELACIONES Y CONVIVENCIA INTERNACIONAL EN LOS QUE PARTICIPARON EL MEXICO COLONIAL Y EN LA EPOCA DEL PORFIRIATO.
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1.- EN FORMA INDIVIDUAL EL ALUMNO REALIZARA UNA SINTESIS HISTORICA POR LA EPOCA COLONIAL AL PORFIRIATO.
En la historia de México, se denomina porfiriato a los aproximadamente 30 años que gobernó el país el general Porfirio Díaz en forma intermitente desde 1876 (al término del gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada), hasta mayo de 1911 (en que renunció a la presidencia por la fuerza de la revolución encabezada por Francisco I. Madero y los hermanos Flores Magón).
El fallecimiento de Benito Juárez en 1872, significó la pérdida del único líder civil capaz de dominar al militarismo renaciente, que trabajaba furtivamente dominado por la figura de Porfirio Díaz, quien se venía haciendo notorio desde diez años atrás. Presintiendo que el presidente Lerdo de Tejada intentaría reelegirse, Díaz volvió a levantarse en armas. Formado en las Luchas por la Reforma y contra la intervención extranjera, Díaz gozaba de gran prestigio entre los militares y de renombre en los círculos políticos del país. Con el triunfo del Plan de Tuxtepec, el cual lo llevó a la Presidencia de México para gobernar el periodo que comprende de 1877 a 1911 con un breve intermedio durante el gobierno de Manuel González.
En los 31 años del porfiriano se construyeron en México más de 19 mil kilómetros de vías férreas; el país quedó comunicado por la red telegráfica; se realizaron inversiones de capital extranjero y se impulsó la industria nacional. A partir de 1893 se sanearon las finanzas, se mejoró el crédito nacional y se alcanzó gran confianza en el exterior; el presupuesto de ingresos y egresos registró superávit y se organizó el sistema bancario.
En este periodo se continúo el esfuerzo iniciado con Manuel González por superar la educación en todos sus niveles. Hombres de la talla de Joaquín Baranda, Ezequiel Chávez, Enrique Rébsamen, Ignacio Manuel Altamirano y Justo Sierra Méndez le dieron lustre a este proceso que incluyó desde los jardines de niños hasta la educación superior pasando por la formación de maestros. Al término de esta etapa, sin embargo, más del 70 por ciento de la población seguía siendo analfabeta.
Aunque Porfirio Díaz reiteraba que ya el país se encontraba listo para la democracia, en 1910, a la edad de 80 años, presentó su candidatura para una nueva reelección. Ante estos hechos, Francisco I. Madero convocó a la rebelión, la cual surgió el 20 de noviembre de ese año.
Chihuahua fue el escenario de las derrotas porfiristas: Ciudad Guerrero, Mal Paso, Casas Grandes, Chihuahua y Ciudad Juárez, aunque irrelevantes en el plano militar, fueron las batallas que facilitaron el camino de los revolucionarios hacia la victoria. Habiendo obtenido esos fracasos en el terreno militar y otros en el plano de las negociaciones, Díaz prefirió renunciar a la presidencia y abandonó el país en mayo de 1911. No quiso ensangrentar al país o correr el riesgo de propiciar de nueva cuenta la intervención yanqui.
El fallecimiento de Benito Juárez en 1872, significó la pérdida del único líder civil capaz de dominar al militarismo renaciente, que trabajaba furtivamente dominado por la figura de Porfirio Díaz, quien se venía haciendo notorio desde diez años atrás. Presintiendo que el presidente Lerdo de Tejada intentaría reelegirse, Díaz volvió a levantarse en armas. Formado en las Luchas por la Reforma y contra la intervención extranjera, Díaz gozaba de gran prestigio entre los militares y de renombre en los círculos políticos del país. Con el triunfo del Plan de Tuxtepec, el cual lo llevó a la Presidencia de México para gobernar el periodo que comprende de 1877 a 1911 con un breve intermedio durante el gobierno de Manuel González.
En los 31 años del porfiriano se construyeron en México más de 19 mil kilómetros de vías férreas; el país quedó comunicado por la red telegráfica; se realizaron inversiones de capital extranjero y se impulsó la industria nacional. A partir de 1893 se sanearon las finanzas, se mejoró el crédito nacional y se alcanzó gran confianza en el exterior; el presupuesto de ingresos y egresos registró superávit y se organizó el sistema bancario.
En este periodo se continúo el esfuerzo iniciado con Manuel González por superar la educación en todos sus niveles. Hombres de la talla de Joaquín Baranda, Ezequiel Chávez, Enrique Rébsamen, Ignacio Manuel Altamirano y Justo Sierra Méndez le dieron lustre a este proceso que incluyó desde los jardines de niños hasta la educación superior pasando por la formación de maestros. Al término de esta etapa, sin embargo, más del 70 por ciento de la población seguía siendo analfabeta.
Aunque Porfirio Díaz reiteraba que ya el país se encontraba listo para la democracia, en 1910, a la edad de 80 años, presentó su candidatura para una nueva reelección. Ante estos hechos, Francisco I. Madero convocó a la rebelión, la cual surgió el 20 de noviembre de ese año.
Chihuahua fue el escenario de las derrotas porfiristas: Ciudad Guerrero, Mal Paso, Casas Grandes, Chihuahua y Ciudad Juárez, aunque irrelevantes en el plano militar, fueron las batallas que facilitaron el camino de los revolucionarios hacia la victoria. Habiendo obtenido esos fracasos en el terreno militar y otros en el plano de las negociaciones, Díaz prefirió renunciar a la presidencia y abandonó el país en mayo de 1911. No quiso ensangrentar al país o correr el riesgo de propiciar de nueva cuenta la intervención yanqui.
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2.-INTEGRACION DE EQUIPOS.
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3.-DE LA SINTESIS DE CADA ALUMNO RECOPILAR INFORMACION PARA HACER UNA POR EQUIPO.
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4.-EXPOSICION DE LAS SINTESIS ELABORADAS POR CADA EQUIPO.
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5.-INVESTIGACION INDIVIDUAL EN BIBLIOGRAFIA SUGERIDA POR EL FACILITADOR ACERCA DE LAS RELACIONES Y CONVIENCIA INTERNACIONAL DURANTE LA COLONIA Y EL PORFIRIATO.
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Restauración y porfiriano son dos procesos históricos contemporáneos que, dejando al margen las obvias diferencias existentes entre ambos, consecuencia de las diferentes realidades sociales, políticas y económicas a las que respondió, en última instancia, cada uno de ellos, presentan, no obstante, notables coincidencias. En este sentido, ambos procesos constituyeron diferentes intentos de construir un marco de estabilidad institucional, que permitiera la consolidación del proyecto liberal frente a otros proyectos alternativos de organización
político-social. Los procesos mencionados supusieron, asimismo, un desplazamiento de los sectores dominantes de la sociedad hacia posiciones más conservadoras que las predominantes durante la etapa inmediatamente anterior.
Representaron, en suma, diferentes respuestas de los grupos dominantes de España y México frente a la inestabilidad política y social que había puesto en peligro su hegemonía durante el periodo precedente.
En el ámbito de la política exterior, el desarrollo de dichos procesos históricos en España y México coincidió con la normalización de las relaciones diplomáticas entre estos países a partir de 1871. Hasta ese momento las relaciones hispano-mexicanas estuvieron condicionadas, por una parte, por la pretensión española de ejercer sobre México una cierta influencia, lo que condujo a la antigua metrópoli a no reconocer a este país como a un igual en el marco de las relaciones internacionales entre Estados. Por otra parte, dichas relaciones también estuvieron mediatizadas por las dificultades que se
presentaron durante el proceso de conformación del Estado mexicano hasta el último tercio del siglo XIX, dificultades que impidieron el desarrollo de una política exterior no condicionada, en última instancia, por la inestabilidad interna y la dependencia externa.
Sin embargo, la situación comenzó a cambiar a finales de la década de 1860. La progresiva marginación de España dentro del sistema internacional y las crecientes dificultades por las que atravesaba en sus colonias antillanas, pusieron fin, de manera definitiva, a las pretensiones intervencionistas de España en México. Paralelamente, el advenimiento de la República restaurada supuso la definitiva consolidación del proyecto liberal en este país y puso término a la larga inestabilidad precedente. Con ello, desaparecían los factores que habían condicionado hasta ese momento la política bilateral implementada por ambas naciones y se inauguraba una nueva etapa dentro de las relaciones hispano-mexicanas que se extendería hasta 1910.
LAS RELACIONES ENTRE ESPAÑA Y MÉXICO DURANTE EL PORFIRIATO
Actividades de la legación española para vigilar al exilio cubano.
Paralelamente, el gobierno español consiguió que las nuevas autoridades de México establecieran restricciones a la inmigración procedente de Cuba. De esta manera, el primer representante de la España de la Restauración, Emilio de Muruaga, logró que el gobierno de Díaz pusiera fin a las masivas naturalizaciones practicadas desde 1868 por el consulado mexicano de La Habana.9
Por otra parte, durante la década de 1880, la diplomacia española creó en México una extensa red de inteligencia para impedir las actividades de los exiliados cubanos en este país. La creación de dicha red fue iniciada por Muruaga, en abril de 1881, con el objetivo de frustrar los proyectos de los refugiados cubanos para organizar una expedición desde Yucatán. Sin embargo, la construcción de la red de información fue obra de Guillermo Crespo, quien sustituyó a Muruaga en 1882. La alarma suscitada en Cuba por una serie de expediciones, que, pese a su fracaso, pusieron de manifiesto la determinación del exilio cubano de reanudar el movimiento revolucionario, condujo al nuevo ministro a establecer una estrecha cooperación en este campo con el gobernador de Cuba. De esta manera, Crespo logró crear en México un eficaz sistema de información, financiado con cargo a los presupuestos de Cuba. Esto permitió al representante español frustrar los proyectos del exilio cubano y desarticular el principal núcleo conspirador, establecido en Veracruz.
Sin embargo, dicho sistema de vigilancia hubiera resultado inoperante si el representante español no hubiera contado con la colaboración de las autoridades mexicanas.
En este sentido, el gobierno de Díaz, pese a desestimar el internamiento de la totalidad de los inmigrantes cubanos, solicitado por Crespo en julio de 1885, colaboró activamente-te con la legación española en la vigilancia de los exiliados cubanos e intervino en todos aquellos casos en que las actividades de éstos trascendieron un marco puramente retórico.
La actitud del gobierno mexicano determinó que, en 1886, los pequeños centros conspiradores cubanos en México hubieran dejado de representar una amenaza para el dominio español en Cuba. En este contexto, el sistema de información establecido por Muruaga y Crespo fue sustituido por la labor de vigilancia realizada, de manera más o menos eficaz, por los representantes consulares españoles radicados en los estados del golfo de México.
Esta situación de tranquilidad se prolongó hasta la primavera de 1893, momento en que la legación española comenzó a inquietarse ante el resurgimiento de la actividad de los distintos clubes cubanos que, a mediados de la década de 1890, operaban en México.13 En este contexto, las autoridades mexicanas tuvieron que investigar la veracidad de los rumores relativos a la organización de una expedición separatista hacia Cuba.14 La preocupación de la diplomacia española se manifestó en la rapidez con la que el gobierno español solucionó el incidente diplomático provocado, en octubre de 1893, por la actitud desconsiderada de su nuevo representante en México, y procedió a su sustitución.
El inicio de una nueva crisis colonial, en febrero de 1895, situó de nuevo a México en el centro de atención de la diplomacia española. La política española hacia este país durante el desenlace de la crisis cubana se desarrolló en tres vertientes. Por una parte, el gobierno español presionó a la administración mexicana para que impidiera la utilización de su territorio como base de operaciones de los independentistas cubanos. Por otra, encomendó al ministro español, José Brunetti, Duque de Arcos, que promoviera la movilización de la influyente colonia española radicada en este país para utilizarla como grupo de presión frente a las simpatías que la causa cubana despertaba entre la mayoría de la opinión pública mexicana. Finalmente, la diplomacia española trató de atraerse a un sector de la opinión pública mexicana, mediante el desarrollo de una intensa campaña de prensa subvencionada y dirigida por la legación española en este país.
Respecto al primer punto, l
a diplomacia española, en abierto contraste con la altisonancia y el retoricismo que habían caracterizado su actuación en México durante otros periodos, adoptó una actitud sumamente cautelosa en las gestiones que realizó ante el gobierno mexicano en relación con la cuestión cubana. En este sentido las instrucciones transmitidas desde Madrid al Duque de Arcos eran terminantes:
Esta estrategia resultó eficaz, pues permitió al gobierno mexicano presentar como producto de su propia iniciativa todas aquellas resoluciones que favorecían a España en esta cuestión. De esta manera, la diplomacia española evitó que las decisiones del régimen porfirista relativas al conflicto cubano pudieran ser mediatizadas por la presión de los sectores más nacionalistas de la opinión pública mexicana, que simpatizaban mayoritariamente con la revolución que se desarrollaba en Cuba. La legación española consiguió de este modo un amplio respaldo por parte del gobierno presidido por Díaz. En este sentido, las autoridades porfiristas no sólo rechazaron las presiones dirigidas al reconocimiento de la beligerancia de los cubanos, sino que facilitaron al ministro español la información proporcionada por agentes de policía infiltrados en los círculos cubanos en México, extremaron las medidas de control aduanero, ordenaron vigilar los embarques de armas, reprimieron manifestaciones favorables a la independencia de Cuba e, incluso, limitaron la libertad de acción de determinados medios de comunicación, cuando éstos traspasaron ciertos límites en sus ataques a España. En esta misma línea, Mariscal llegó a manifestar al gobierno español “su seguridad y fe absoluta en el triunfo de las armas españolas”. La cooperación de las autoridades mexicanas no dejó de ser reconocida por el Duque de Arcos, quien, en los informes enviados a Madrid entre 1895 y 1898, manifestó reiteradamente su satisfacción por la actitud adoptada por el régimen porfirista:
La diplomacia española tuvo un éxito similar en la movilización de la influyente colonia española establecida en México. En este sentido, las gestiones efectuadas por el
Duque de Arcos tuvieron como resultado la multiplicación de las juntas patrióticas españolas en la totalidad del territorio mexicano y la recaudación de cuantiosas sumas entre los españoles residentes en México para contribuir al esfuerzo bélico español en Cuba. El envío de cientos de mulas a la isla y el ofrecimiento a la Marina española de un torpedero, constituyeron el resultado más llamativo de esta campaña. La exaltación nacionalista que se apoderó de la mayoría de los españoles residentes en este país llegó hasta el extremo de proponer al gobierno español el establecimiento de una contribución voluntaria, entre todos los españoles radicados en América, destinada a la construcción de una escuadra de guerra.
La campaña de prensa auspiciada por la legación española no tuvo, sin embargo, un impacto significativo sobre la opinión pública mexicana, que en su mayoría siguió simpatizando con las actividades de los independentistas cubanos.
Por el contrario, el grado de exaltación alcanzado por la prensa española en México, integrada fundamentalmente por El Correo Español y El Español, así como el de diversos periódicos mexicanos propiedad de españoles, como El Popular, El Tiempo, El Día y El Gil Blas, desencadenó un agrio debate con aquellos sectores de la prensa mexicana favorables a la independencia de Cuba. Eso inquietó al Duque de Arcos, obligándolo a enfrentarse con los sectores más radicalizados de la colonia española para evitar que su actitud acabara provocando un conflicto con las autoridades mexicanas.
Pocos meses antes de la guerra hispano-estadounidense, la diplomacia española modificó la política no intervencionista que había seguido hacia México desde 1876. El interés que ofrecía una hipotética alianza con este país ante el inminente conflicto con Estados Unidos provocó la sustitución del Duque de Arcos por el Marqués de Bendaña.
El nuevo representante español traía la misión de promover la creación de un sentimiento favorable a dicha alianza entre un sector de la clase política y la opinión pública mexicanas. En la práctica, esto suponía un retorno a la diplomacia intervencionista anterior a la década de 1870.
Sin embargo, el Marqués de Bendaña no tuvo tiempo para desarrollar este proyecto. Pocos días después de su llegada, el estallido de la guerra hispano-estadounidense condujo al régimen de Díaz a adoptar una actitud de estricta neutralidad, dado que sus intereses, si bien eran contrarios a la extensión de la influencia estadounidense en las Antillas, excluían la posibilidad de un enfrentamiento directo con la vecina potencia.25 Lo anterior llevó al Ministerio de
Estado español a encomendar a su representante que “tratara de producir complicaciones en la frontera, que pudieran dificultar la acción de Estados Unidos contra nosotros”, y le recomendó que obrara con reserva y utilizara para este propósito a los españoles residentes en México.26 Sin embargo, el Marqués de Bendaña no se limitó a seguir las instrucciones recibidas de Madrid, sino que, con el respaldo del gobernador de Cuba que envió una comisión militar con este objeto, concibió un proyecto de gran envergadu
ra.
El proyecto concebido por el representante español fue expuesto para su estudio a la Dirección General de Política del Ministerio de Estado que consideró su ejecución, problemática y sumamente peligrosa para las relaciones hispano-mexicanas. Eso llevó al gobierno español a desautorizar, finalmente, la realización de dicho proyecto. Pocos meses después, la pérdida de las colonias antillanas marcaría el final del interés geoestratégico que México había tenido para la diplomacia española, interés que había condicionado por completo la política española hacia este país entre 1876 y 1898.
LA DIPLOMACIA PORFIRISTA Y ESPAÑA
Desde el punto de vista del régimen porfirista, las relaciones
hispano-mexicanas respondieron a condicionantes distintos de los existentes en el caso de España. El escaso relieve revestido por las relaciones comerciales y financieras establecidas entre los dos países y la inexistencia de una inmigración mexicana significativa en España conferían aparentemente una importancia secundaria a las relaciones de
México con su antigua metrópoli. Sin embargo, la política mexicana hacia España se vio mediatizada por otros factores.
En primer lugar, por la importancia adquirida por la colonia española radicada en México, cuyo poder económico e influencia política habían constituido una permanente fuente de conflictos para las relaciones entre los dos países desde la independencia.48 En segundo lugar, la crisis de las colonias españolas en el Caribe supuso que, durante la última década del siglo XIX, tuviera lugar una convergencia de los intereses geopolíticos de México y España en esta región, ya que el incremento de la influencia de Estados Unidos en el Caribe era contrario a los intereses de ambas naciones en esta zona. Ambos factores determinaron que las relaciones con España llegaran a revestir cierta importancia para la diplomacia porfirista y propiciaron, a su vez, un progresivo acercamiento del gobierno mexicano a la antigua metrópoli.
En este sentido, la diplomacia mexicana potenció la difusión de una imagen favorable al régimen de Díaz en España. Este objetivo se llevó a cabo, bien mediante campañas subvencionadas de prensa dirigidas a la opinión pública española, bien por medio del establecimiento de una red de relaciones personales con las élites políticas de
Madrid. En el último caso, eso tuvo lugar fundamentalmente a partir de mediados de la década de 1880, cuando la legación y algunos consulados mexicanos en España comenzaron a ser ocupados por un conjunto de figuras intelectuales con excelentes relaciones entre los círculos políticos y periodísticos madrileños. Personalidades como Vicente Riva Palacio, quien llegó a ser presidente del Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1894 y vicepresidente de la Asociación de Escritores y Artistas desde 1892 hasta su muerte, acaecida en 1896. La influencia del representante mexicano no se limitó a los círculos literarios, pues frecuentaba la tertulia que se desarrollaba en la residencia de
Práxedes Mateo Sagasta, con quien llegó a mantener una sólida amistad. También hay que mencionar a los cónsules en Santander, Manuel Payno y Salvador Quevedo y Zubieta, así como a los diplomáticos Francisco de Icaza y Juan Bautista Híjar. Todos ellos constituyeron un elenco de intelectuales y diplomáticos de primer orden que contribuyó, por medio de una intensa actividad periodística y mediante el establecimiento de una excelente red de relaciones personales, a cambiar la imagen de México entre la élite política y la opinión pública españolas.
Este hecho determinó que los rumores esparcidos ocasionalmente por los medios periodísticos más sensacionalistas, relativos a los atropellos, reales o ficticios, cometidos contra la colonia española en México, no tuvieran la resonancia que revistieron en etapas precedentes y no dieran lugar a fricciones entre ambos países, como se puso de manifiesto con ocasión de las campañas desarrolladas en este sentido por dos diarios madrileños en 1879 y 1883.51
En esta misma línea, la diplomacia mexicana trató de institucionalizar el mantenimiento de buenas relaciones con España al margen de las fuerzas políticas que, coyunturalmente, se encontraran al frente del gobierno español.
De esta manera, pese a que los representantes mexicanos en España cultivaron estrechos vínculos con los círculos políticos próximos al republicanismo, fundamentalmente durante la prolongada estadía del general Ramón Corona al frente de la legación en Madrid, nunca llegaron a inmiscuirse en la política de la Restauración mediante su apoyo a una facción política concreta.
Por el contrario, el gobierno mexicano colaboró estrechamente con el español para evitar que cada uno de esos países pudiera servir de refugio a los disidentes del otro. Este hecho ciertamente no se reflejó en el t
ratado de extradición firmado entre ambos países en noviembre de 1881, puesto que éste excluía de su ámbito de acción los delitos políticos. Sin embargo, eso no era necesario, pues, por una parte, dichos delitos estaban contemplados en la parte dispositiva secreta del tratado firmado por las dos naciones en 1836, que mantuvo su vigencia a lo largo de todo el periodo, mientras que, por otra, el Ejecutivo mexicano siempre mostró su disposición para aplicar discretamente lo pactado mediante el uso discrecional del artículo 33 de la Constitución.
Esta política de colaboración fue especialmente intensa en el caso del anarquismo.54 La existencia de un constante aunque moderado flujo de emigrados españoles hacia México, a lo largo de todo el periodo, despertó el temor del gobierno mexicano hacia la posible extensión a este país de las actividades de los grupos anarquistas españoles, máxime, cuando la permeabilidad de los controles migratorios y la llegada de numerosos españoles, que huían del servicio militar en las colonias, hacían sumamente difícil controlar la entrada de ellos en México. En este contexto hay que enmarcar la disposición mexicana para establecer un convenio de extradición con España y la institucionalización, por vía diplomática, de una estrecha colaboración entre las policías de ambos Estados en la vigilancia y seguimiento de los activistas anarquistas. En un nivel inferior, dicha colaboración se extendió al campo de los separatistas cubanos residentes en México, en la medida en que sus actividades estuvieron sometidas a vigilancia y sólo fueron toleradas mientras no afectaran el orden público o los compromisos contraídos con España en torno a la cuestión cubana. La actitud del gobierno mexicano no respondía exclusivamente al deseo de apoyar a España en la cuestión cubana, sino que también nacía del temor de las autoridades mexicanas a un posible contagio revolucionario. Dichos temores se acentuaron a raíz de la masiva afluencia de refugiados cubanos a México a partir de 1895, alimentados por los alarmantes informes del cónsul mexicano en La Habana, Andrés Clemente Vázquez:
La política mexicana hacia España se centró, por lo tanto, en evitar los conflictos con este país, como estrategia para exigir un comportamiento recíproco por parte del gobierno español, cuyos intereses en México eran mucho más importantes. Esto condujo, en ocasiones, a la diplomacia mexicana a desproteger los intereses de sus ciudadanos radicados en España, en aras de evitar precedentes que pudieran ser invocados por el gobierno español para apoyar reclamaciones similares presentadas por la colonia española en México. De esta manera, la diplomacia mexicana acabó desentendiéndose, por citar algunos casos relevantes, de las reclamaciones presentadas por el mexicano de origen cubano Miguel de Embil en la década de 1870, que ascendían a varios millones de pesos, y de la indemnización reclamada por las hermanas Pescietto en 1881, adoptando el principio general “de que ninguna nación es responsable de los perjuicios que los extranjeros sufran en sus personas e intereses, a consecuencia de las perturbaciones de la paz pública”. Este principio de Derecho Internacional fue aplicado por el gobierno mexicano a todos aquellos casos en los que no existiera un tratado bilateral que especificara lo contrario. Tratado que no existía en el caso de
España y que el gobierno mexicano se guardó mucho de celebrar.
El interés por evitar fricciones con el gobierno español y el temor que despertaba la posibilidad de que Cuba llegara a caer bajo el dominio de Estados Unidos condicionaron la política mexicana hacia la cuestión cubana. En este marco, el régimen porfirista se mostró favorable, desde un principio, al mantenimiento del dominio español en Cuba y, en consecuencia, no sólo se negó a reconocer la beligerancia de los cubanos o a enviar un barco de guerra a
La Habana, pese a las peticiones realizadas en ese sentido por el cónsul mexicano en esta ciudad, sino que, como vimos, colaboró activamente con la legación española para impedir cualquier intento de desestabilización en la isla desde sus costas.
Esta política respondía a la firme convicción por parte de la diplomacia mexicana de la inviabilidad de Cuba como estado independiente y a la certeza de que el desplazamiento del dominio español sobre esta isla daría paso necesariamente al estadounidense, situación que constituía el peor escenario posible para los intereses de México en el Caribe. Conforme se ponía de manifiesto la incapacidad de las autoridades españolas para poner fin al movimiento independentista en la colonia, se incrementó el temor de la diplomacia mexicana de que el tambaleante régimen colonial español en Cuba fuera sustituido por un protectorado estadounidense sobre la isla.
Esto llevó a la diplomacia mexicana a plantear la posibilidad de promover una serie de escenarios alternativos a la anexión de Cuba a Estados Unidos. En primer lugar, el régimen de Díaz consideró la posibilidad de llevar a cabo una mediación directa entre Madrid y los separatistas cubanos, que garantizara la soberanía española en la colonia sobre la base de la concesión de una plena autonomía. Esto se tradujo en la realización de un ofrecimiento de mediación al gobierno español, efectuado de manera oficiosa por el encargado de negocios en Madrid, Francisco de Icaza, en marzo de 1896, y reiterado por Mariscal al Duque de Arcos en enero de 1897.60 Sin embargo, el gobierno de Madrid rechazó el ofrecimiento de la diplomacia mexicana, al señalar que “los asuntos de Cuba son exclusivamente de orden interior y como tales solo competen á la exclusiva resolución de España, siendo por lo tanto inaceptable toda intervención porque sería una injerencia extraña en aquello que nos es propio y privativo”. Tampoco las gestiones de la diplomacia mexicana contaron con el respaldo de la Junta Revolucionaria de Nueva York, la cual trató de obtener infructuosamente una mediación mexicana e iberoamericana en mayo y noviembre de 1896, agosto de 1897 y marzo de 1898, con el único objeto de facilitar a España una salida airosa de Cuba y evita
r la inminente intervención de Estados Unidos.
Fracasada la opción de una mediación directa con España, la diplomacia mexicana adoptó una estrategia alternativa, dirigida a tratar de obtener de Estados Unidos que consensuara su actuación en la cuestión cubana, bien con México, bien con el conjunto de las naciones iberoamericanas.
Esta política fue puesta en práctica en junio de 1896, momento en que Mariscal encomendó al ministro en Washington, Matías Romero, que manifestara a la administración estadounidense la disposición del gobierno mexicano de participar en una mediación conjunta.
Tampoco estas gestiones tuvieron éxito. A lo largo de 1896, la política de Estados Unidos hacia Cuba fue adquiriendo un carácter cada vez más agresivo. El creciente predominio de las posiciones más intervencionistas dentro de la administración estadounidense incrementó las reticencias de Washington hacia las gestiones practicadas por Romero en la capital estadounidense. Máxime, cuando el reconocimiento de la beligerancia de los revolucionarios cubanos por la Cámara de Representantes, en marzo de 1896, coincidió con el desarrollo de una campaña de prensa en Estados Unidos y México, en la que se planteaba la anexión de Cuba a la República Mexicana como una posible salida al conflicto.
Esta propuesta respondía a un antiguo proyecto de determinados sectores de la clase política mexicana, reactivado en ocasión del estallido de la crisis colonial en 1895.65
El proyecto anexionista estaba auspiciado de forma extraoficial por el secretario particular de Mariscal, el mexicano de origen cubano Carlos Américo Lera, y, si bien era contemplado con simpatía por el gobierno mexicano, su concreción no llegó a constituir nunca un objetivo real de la diplomacia porfirista. Este hecho puede deducirse, tanto del análisis de la correspondencia cruzada entre Mariscal y los representantes mexicanos en Madrid, Washington y La Habana entre 1895-1897, como por el hecho de que Lera fuera alejado de los centros de toma de decisiones y trasladado a la legación mexicana en Guatemala en septiembre de 1896.
La negativa de los distintos actores implicados en la crisis cubana a aceptar los intentos de mediación de distinto signo, efectuados por la diplomacia mexicana entre 1896- 1897, llevó al gobierno mexicano a resignarse finalmente a una inminente intervención estadounidense en Cuba. En este sentido, el ministro mexicano en Washington rechazó las últimas gestiones llevadas a cabo por los separatistas cubanos para que México promoviera una mediación iberoamericana entre Estados Unidos y España y evitara, de esta manera, la probable anexión de Cuba a la potencia estadounidense.
El estallido de la guerra hispano-estadounidense llevó al gobierno mexicano a mantener una actitud de estricta neutralidad, que sólo podía favorecer a la potencia más lejana al escenario del conflicto. En este marco, si bien la necesidad de evitar una crisis con Estados Unidos impidió que las autoridades mexicanas prestaran cualquier tipo de ayuda al gobierno español durante el conflicto, el régimen porfirista toleró, en la medida en que le fue posible, las actividades encubiertas de los agentes españoles en México.
Como hemos visto, los objetivos geopolíticos de la diplomacia española en México, dirigidos a evitar que este país se convirtiera en una posible base de operaciones de los separatistas cubanos, coincidieron con el interés mexicano por impedir la anexión de Cuba a Estados Unidos. De ahí que ambos Estados mantuvieran una perfecta sintonía en torno al que, sin duda, fue el mayor problema de la diplomacia española durante el último tercio del siglo XIX: la cuestión de Cuba.
político-social. Los procesos mencionados supusieron, asimismo, un desplazamiento de los sectores dominantes de la sociedad hacia posiciones más conservadoras que las predominantes durante la etapa inmediatamente anterior.
Representaron, en suma, diferentes respuestas de los grupos dominantes de España y México frente a la inestabilidad política y social que había puesto en peligro su hegemonía durante el periodo precedente.
En el ámbito de la política exterior, el desarrollo de dichos procesos históricos en España y México coincidió con la normalización de las relaciones diplomáticas entre estos países a partir de 1871. Hasta ese momento las relaciones hispano-mexicanas estuvieron condicionadas, por una parte, por la pretensión española de ejercer sobre México una cierta influencia, lo que condujo a la antigua metrópoli a no reconocer a este país como a un igual en el marco de las relaciones internacionales entre Estados. Por otra parte, dichas relaciones también estuvieron mediatizadas por las dificultades que se
presentaron durante el proceso de conformación del Estado mexicano hasta el último tercio del siglo XIX, dificultades que impidieron el desarrollo de una política exterior no condicionada, en última instancia, por la inestabilidad interna y la dependencia externa.Sin embargo, la situación comenzó a cambiar a finales de la década de 1860. La progresiva marginación de España dentro del sistema internacional y las crecientes dificultades por las que atravesaba en sus colonias antillanas, pusieron fin, de manera definitiva, a las pretensiones intervencionistas de España en México. Paralelamente, el advenimiento de la República restaurada supuso la definitiva consolidación del proyecto liberal en este país y puso término a la larga inestabilidad precedente. Con ello, desaparecían los factores que habían condicionado hasta ese momento la política bilateral implementada por ambas naciones y se inauguraba una nueva etapa dentro de las relaciones hispano-mexicanas que se extendería hasta 1910.
LAS RELACIONES ENTRE ESPAÑA Y MÉXICO DURANTE EL PORFIRIATO
Actividades de la legación española para vigilar al exilio cubano.
Paralelamente, el gobierno español consiguió que las nuevas autoridades de México establecieran restricciones a la inmigración procedente de Cuba. De esta manera, el primer representante de la España de la Restauración, Emilio de Muruaga, logró que el gobierno de Díaz pusiera fin a las masivas naturalizaciones practicadas desde 1868 por el consulado mexicano de La Habana.9
Por otra parte, durante la década de 1880, la diplomacia española creó en México una extensa red de inteligencia para impedir las actividades de los exiliados cubanos en este país. La creación de dicha red fue iniciada por Muruaga, en abril de 1881, con el objetivo de frustrar los proyectos de los refugiados cubanos para organizar una expedición desde Yucatán. Sin embargo, la construcción de la red de información fue obra de Guillermo Crespo, quien sustituyó a Muruaga en 1882. La alarma suscitada en Cuba por una serie de expediciones, que, pese a su fracaso, pusieron de manifiesto la determinación del exilio cubano de reanudar el movimiento revolucionario, condujo al nuevo ministro a establecer una estrecha cooperación en este campo con el gobernador de Cuba. De esta manera, Crespo logró crear en México un eficaz sistema de información, financiado con cargo a los presupuestos de Cuba. Esto permitió al representante español frustrar los proyectos del exilio cubano y desarticular el principal núcleo conspirador, establecido en Veracruz.
Sin embargo, dicho sistema de vigilancia hubiera resultado inoperante si el representante español no hubiera contado con la colaboración de las autoridades mexicanas.
En este sentido, el gobierno de Díaz, pese a desestimar el internamiento de la totalidad de los inmigrantes cubanos, solicitado por Crespo en julio de 1885, colaboró activamente-te con la legación española en la vigilancia de los exiliados cubanos e intervino en todos aquellos casos en que las actividades de éstos trascendieron un marco puramente retórico.
La actitud del gobierno mexicano determinó que, en 1886, los pequeños centros conspiradores cubanos en México hubieran dejado de representar una amenaza para el dominio español en Cuba. En este contexto, el sistema de información establecido por Muruaga y Crespo fue sustituido por la labor de vigilancia realizada, de manera más o menos eficaz, por los representantes consulares españoles radicados en los estados del golfo de México.
Esta situación de tranquilidad se prolongó hasta la primavera de 1893, momento en que la legación española comenzó a inquietarse ante el resurgimiento de la actividad de los distintos clubes cubanos que, a mediados de la década de 1890, operaban en México.13 En este contexto, las autoridades mexicanas tuvieron que investigar la veracidad de los rumores relativos a la organización de una expedición separatista hacia Cuba.14 La preocupación de la diplomacia española se manifestó en la rapidez con la que el gobierno español solucionó el incidente diplomático provocado, en octubre de 1893, por la actitud desconsiderada de su nuevo representante en México, y procedió a su sustitución.
El inicio de una nueva crisis colonial, en febrero de 1895, situó de nuevo a México en el centro de atención de la diplomacia española. La política española hacia este país durante el desenlace de la crisis cubana se desarrolló en tres vertientes. Por una parte, el gobierno español presionó a la administración mexicana para que impidiera la utilización de su territorio como base de operaciones de los independentistas cubanos. Por otra, encomendó al ministro español, José Brunetti, Duque de Arcos, que promoviera la movilización de la influyente colonia española radicada en este país para utilizarla como grupo de presión frente a las simpatías que la causa cubana despertaba entre la mayoría de la opinión pública mexicana. Finalmente, la diplomacia española trató de atraerse a un sector de la opinión pública mexicana, mediante el desarrollo de una intensa campaña de prensa subvencionada y dirigida por la legación española en este país.
Respecto al primer punto, l
a diplomacia española, en abierto contraste con la altisonancia y el retoricismo que habían caracterizado su actuación en México durante otros periodos, adoptó una actitud sumamente cautelosa en las gestiones que realizó ante el gobierno mexicano en relación con la cuestión cubana. En este sentido las instrucciones transmitidas desde Madrid al Duque de Arcos eran terminantes:Esta estrategia resultó eficaz, pues permitió al gobierno mexicano presentar como producto de su propia iniciativa todas aquellas resoluciones que favorecían a España en esta cuestión. De esta manera, la diplomacia española evitó que las decisiones del régimen porfirista relativas al conflicto cubano pudieran ser mediatizadas por la presión de los sectores más nacionalistas de la opinión pública mexicana, que simpatizaban mayoritariamente con la revolución que se desarrollaba en Cuba. La legación española consiguió de este modo un amplio respaldo por parte del gobierno presidido por Díaz. En este sentido, las autoridades porfiristas no sólo rechazaron las presiones dirigidas al reconocimiento de la beligerancia de los cubanos, sino que facilitaron al ministro español la información proporcionada por agentes de policía infiltrados en los círculos cubanos en México, extremaron las medidas de control aduanero, ordenaron vigilar los embarques de armas, reprimieron manifestaciones favorables a la independencia de Cuba e, incluso, limitaron la libertad de acción de determinados medios de comunicación, cuando éstos traspasaron ciertos límites en sus ataques a España. En esta misma línea, Mariscal llegó a manifestar al gobierno español “su seguridad y fe absoluta en el triunfo de las armas españolas”. La cooperación de las autoridades mexicanas no dejó de ser reconocida por el Duque de Arcos, quien, en los informes enviados a Madrid entre 1895 y 1898, manifestó reiteradamente su satisfacción por la actitud adoptada por el régimen porfirista:
La diplomacia española tuvo un éxito similar en la movilización de la influyente colonia española establecida en México. En este sentido, las gestiones efectuadas por el
Duque de Arcos tuvieron como resultado la multiplicación de las juntas patrióticas españolas en la totalidad del territorio mexicano y la recaudación de cuantiosas sumas entre los españoles residentes en México para contribuir al esfuerzo bélico español en Cuba. El envío de cientos de mulas a la isla y el ofrecimiento a la Marina española de un torpedero, constituyeron el resultado más llamativo de esta campaña. La exaltación nacionalista que se apoderó de la mayoría de los españoles residentes en este país llegó hasta el extremo de proponer al gobierno español el establecimiento de una contribución voluntaria, entre todos los españoles radicados en América, destinada a la construcción de una escuadra de guerra.
La campaña de prensa auspiciada por la legación española no tuvo, sin embargo, un impacto significativo sobre la opinión pública mexicana, que en su mayoría siguió simpatizando con las actividades de los independentistas cubanos.
Por el contrario, el grado de exaltación alcanzado por la prensa española en México, integrada fundamentalmente por El Correo Español y El Español, así como el de diversos periódicos mexicanos propiedad de españoles, como El Popular, El Tiempo, El Día y El Gil Blas, desencadenó un agrio debate con aquellos sectores de la prensa mexicana favorables a la independencia de Cuba. Eso inquietó al Duque de Arcos, obligándolo a enfrentarse con los sectores más radicalizados de la colonia española para evitar que su actitud acabara provocando un conflicto con las autoridades mexicanas.
Pocos meses antes de la guerra hispano-estadounidense, la diplomacia española modificó la política no intervencionista que había seguido hacia México desde 1876. El interés que ofrecía una hipotética alianza con este país ante el inminente conflicto con Estados Unidos provocó la sustitución del Duque de Arcos por el Marqués de Bendaña.
El nuevo representante español traía la misión de promover la creación de un sentimiento favorable a dicha alianza entre un sector de la clase política y la opinión pública mexicanas. En la práctica, esto suponía un retorno a la diplomacia intervencionista anterior a la década de 1870.
Sin embargo, el Marqués de Bendaña no tuvo tiempo para desarrollar este proyecto. Pocos días después de su llegada, el estallido de la guerra hispano-estadounidense condujo al régimen de Díaz a adoptar una actitud de estricta neutralidad, dado que sus intereses, si bien eran contrarios a la extensión de la influencia estadounidense en las Antillas, excluían la posibilidad de un enfrentamiento directo con la vecina potencia.25 Lo anterior llevó al Ministerio de
Estado español a encomendar a su representante que “tratara de producir complicaciones en la frontera, que pudieran dificultar la acción de Estados Unidos contra nosotros”, y le recomendó que obrara con reserva y utilizara para este propósito a los españoles residentes en México.26 Sin embargo, el Marqués de Bendaña no se limitó a seguir las instrucciones recibidas de Madrid, sino que, con el respaldo del gobernador de Cuba que envió una comisión militar con este objeto, concibió un proyecto de gran envergadu
ra.El proyecto concebido por el representante español fue expuesto para su estudio a la Dirección General de Política del Ministerio de Estado que consideró su ejecución, problemática y sumamente peligrosa para las relaciones hispano-mexicanas. Eso llevó al gobierno español a desautorizar, finalmente, la realización de dicho proyecto. Pocos meses después, la pérdida de las colonias antillanas marcaría el final del interés geoestratégico que México había tenido para la diplomacia española, interés que había condicionado por completo la política española hacia este país entre 1876 y 1898.
LA DIPLOMACIA PORFIRISTA Y ESPAÑA
Desde el punto de vista del régimen porfirista, las relaciones
hispano-mexicanas respondieron a condicionantes distintos de los existentes en el caso de España. El escaso relieve revestido por las relaciones comerciales y financieras establecidas entre los dos países y la inexistencia de una inmigración mexicana significativa en España conferían aparentemente una importancia secundaria a las relaciones de
México con su antigua metrópoli. Sin embargo, la política mexicana hacia España se vio mediatizada por otros factores.
En primer lugar, por la importancia adquirida por la colonia española radicada en México, cuyo poder económico e influencia política habían constituido una permanente fuente de conflictos para las relaciones entre los dos países desde la independencia.48 En segundo lugar, la crisis de las colonias españolas en el Caribe supuso que, durante la última década del siglo XIX, tuviera lugar una convergencia de los intereses geopolíticos de México y España en esta región, ya que el incremento de la influencia de Estados Unidos en el Caribe era contrario a los intereses de ambas naciones en esta zona. Ambos factores determinaron que las relaciones con España llegaran a revestir cierta importancia para la diplomacia porfirista y propiciaron, a su vez, un progresivo acercamiento del gobierno mexicano a la antigua metrópoli.
En este sentido, la diplomacia mexicana potenció la difusión de una imagen favorable al régimen de Díaz en España. Este objetivo se llevó a cabo, bien mediante campañas subvencionadas de prensa dirigidas a la opinión pública española, bien por medio del establecimiento de una red de relaciones personales con las élites políticas de
Madrid. En el último caso, eso tuvo lugar fundamentalmente a partir de mediados de la década de 1880, cuando la legación y algunos consulados mexicanos en España comenzaron a ser ocupados por un conjunto de figuras intelectuales con excelentes relaciones entre los círculos políticos y periodísticos madrileños. Personalidades como Vicente Riva Palacio, quien llegó a ser presidente del Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1894 y vicepresidente de la Asociación de Escritores y Artistas desde 1892 hasta su muerte, acaecida en 1896. La influencia del representante mexicano no se limitó a los círculos literarios, pues frecuentaba la tertulia que se desarrollaba en la residencia de
Práxedes Mateo Sagasta, con quien llegó a mantener una sólida amistad. También hay que mencionar a los cónsules en Santander, Manuel Payno y Salvador Quevedo y Zubieta, así como a los diplomáticos Francisco de Icaza y Juan Bautista Híjar. Todos ellos constituyeron un elenco de intelectuales y diplomáticos de primer orden que contribuyó, por medio de una intensa actividad periodística y mediante el establecimiento de una excelente red de relaciones personales, a cambiar la imagen de México entre la élite política y la opinión pública españolas.
Este hecho determinó que los rumores esparcidos ocasionalmente por los medios periodísticos más sensacionalistas, relativos a los atropellos, reales o ficticios, cometidos contra la colonia española en México, no tuvieran la resonancia que revistieron en etapas precedentes y no dieran lugar a fricciones entre ambos países, como se puso de manifiesto con ocasión de las campañas desarrolladas en este sentido por dos diarios madrileños en 1879 y 1883.51
En esta misma línea, la diplomacia mexicana trató de institucionalizar el mantenimiento de buenas relaciones con España al margen de las fuerzas políticas que, coyunturalmente, se encontraran al frente del gobierno español.
De esta manera, pese a que los representantes mexicanos en España cultivaron estrechos vínculos con los círculos políticos próximos al republicanismo, fundamentalmente durante la prolongada estadía del general Ramón Corona al frente de la legación en Madrid, nunca llegaron a inmiscuirse en la política de la Restauración mediante su apoyo a una facción política concreta.
Por el contrario, el gobierno mexicano colaboró estrechamente con el español para evitar que cada uno de esos países pudiera servir de refugio a los disidentes del otro. Este hecho ciertamente no se reflejó en el t
ratado de extradición firmado entre ambos países en noviembre de 1881, puesto que éste excluía de su ámbito de acción los delitos políticos. Sin embargo, eso no era necesario, pues, por una parte, dichos delitos estaban contemplados en la parte dispositiva secreta del tratado firmado por las dos naciones en 1836, que mantuvo su vigencia a lo largo de todo el periodo, mientras que, por otra, el Ejecutivo mexicano siempre mostró su disposición para aplicar discretamente lo pactado mediante el uso discrecional del artículo 33 de la Constitución.Esta política de colaboración fue especialmente intensa en el caso del anarquismo.54 La existencia de un constante aunque moderado flujo de emigrados españoles hacia México, a lo largo de todo el periodo, despertó el temor del gobierno mexicano hacia la posible extensión a este país de las actividades de los grupos anarquistas españoles, máxime, cuando la permeabilidad de los controles migratorios y la llegada de numerosos españoles, que huían del servicio militar en las colonias, hacían sumamente difícil controlar la entrada de ellos en México. En este contexto hay que enmarcar la disposición mexicana para establecer un convenio de extradición con España y la institucionalización, por vía diplomática, de una estrecha colaboración entre las policías de ambos Estados en la vigilancia y seguimiento de los activistas anarquistas. En un nivel inferior, dicha colaboración se extendió al campo de los separatistas cubanos residentes en México, en la medida en que sus actividades estuvieron sometidas a vigilancia y sólo fueron toleradas mientras no afectaran el orden público o los compromisos contraídos con España en torno a la cuestión cubana. La actitud del gobierno mexicano no respondía exclusivamente al deseo de apoyar a España en la cuestión cubana, sino que también nacía del temor de las autoridades mexicanas a un posible contagio revolucionario. Dichos temores se acentuaron a raíz de la masiva afluencia de refugiados cubanos a México a partir de 1895, alimentados por los alarmantes informes del cónsul mexicano en La Habana, Andrés Clemente Vázquez:
La política mexicana hacia España se centró, por lo tanto, en evitar los conflictos con este país, como estrategia para exigir un comportamiento recíproco por parte del gobierno español, cuyos intereses en México eran mucho más importantes. Esto condujo, en ocasiones, a la diplomacia mexicana a desproteger los intereses de sus ciudadanos radicados en España, en aras de evitar precedentes que pudieran ser invocados por el gobierno español para apoyar reclamaciones similares presentadas por la colonia española en México. De esta manera, la diplomacia mexicana acabó desentendiéndose, por citar algunos casos relevantes, de las reclamaciones presentadas por el mexicano de origen cubano Miguel de Embil en la década de 1870, que ascendían a varios millones de pesos, y de la indemnización reclamada por las hermanas Pescietto en 1881, adoptando el principio general “de que ninguna nación es responsable de los perjuicios que los extranjeros sufran en sus personas e intereses, a consecuencia de las perturbaciones de la paz pública”. Este principio de Derecho Internacional fue aplicado por el gobierno mexicano a todos aquellos casos en los que no existiera un tratado bilateral que especificara lo contrario. Tratado que no existía en el caso de
España y que el gobierno mexicano se guardó mucho de celebrar.
El interés por evitar fricciones con el gobierno español y el temor que despertaba la posibilidad de que Cuba llegara a caer bajo el dominio de Estados Unidos condicionaron la política mexicana hacia la cuestión cubana. En este marco, el régimen porfirista se mostró favorable, desde un principio, al mantenimiento del dominio español en Cuba y, en consecuencia, no sólo se negó a reconocer la beligerancia de los cubanos o a enviar un barco de guerra a
La Habana, pese a las peticiones realizadas en ese sentido por el cónsul mexicano en esta ciudad, sino que, como vimos, colaboró activamente con la legación española para impedir cualquier intento de desestabilización en la isla desde sus costas.
Esta política respondía a la firme convicción por parte de la diplomacia mexicana de la inviabilidad de Cuba como estado independiente y a la certeza de que el desplazamiento del dominio español sobre esta isla daría paso necesariamente al estadounidense, situación que constituía el peor escenario posible para los intereses de México en el Caribe. Conforme se ponía de manifiesto la incapacidad de las autoridades españolas para poner fin al movimiento independentista en la colonia, se incrementó el temor de la diplomacia mexicana de que el tambaleante régimen colonial español en Cuba fuera sustituido por un protectorado estadounidense sobre la isla.
Esto llevó a la diplomacia mexicana a plantear la posibilidad de promover una serie de escenarios alternativos a la anexión de Cuba a Estados Unidos. En primer lugar, el régimen de Díaz consideró la posibilidad de llevar a cabo una mediación directa entre Madrid y los separatistas cubanos, que garantizara la soberanía española en la colonia sobre la base de la concesión de una plena autonomía. Esto se tradujo en la realización de un ofrecimiento de mediación al gobierno español, efectuado de manera oficiosa por el encargado de negocios en Madrid, Francisco de Icaza, en marzo de 1896, y reiterado por Mariscal al Duque de Arcos en enero de 1897.60 Sin embargo, el gobierno de Madrid rechazó el ofrecimiento de la diplomacia mexicana, al señalar que “los asuntos de Cuba son exclusivamente de orden interior y como tales solo competen á la exclusiva resolución de España, siendo por lo tanto inaceptable toda intervención porque sería una injerencia extraña en aquello que nos es propio y privativo”. Tampoco las gestiones de la diplomacia mexicana contaron con el respaldo de la Junta Revolucionaria de Nueva York, la cual trató de obtener infructuosamente una mediación mexicana e iberoamericana en mayo y noviembre de 1896, agosto de 1897 y marzo de 1898, con el único objeto de facilitar a España una salida airosa de Cuba y evita
r la inminente intervención de Estados Unidos.Fracasada la opción de una mediación directa con España, la diplomacia mexicana adoptó una estrategia alternativa, dirigida a tratar de obtener de Estados Unidos que consensuara su actuación en la cuestión cubana, bien con México, bien con el conjunto de las naciones iberoamericanas.
Esta política fue puesta en práctica en junio de 1896, momento en que Mariscal encomendó al ministro en Washington, Matías Romero, que manifestara a la administración estadounidense la disposición del gobierno mexicano de participar en una mediación conjunta.
Tampoco estas gestiones tuvieron éxito. A lo largo de 1896, la política de Estados Unidos hacia Cuba fue adquiriendo un carácter cada vez más agresivo. El creciente predominio de las posiciones más intervencionistas dentro de la administración estadounidense incrementó las reticencias de Washington hacia las gestiones practicadas por Romero en la capital estadounidense. Máxime, cuando el reconocimiento de la beligerancia de los revolucionarios cubanos por la Cámara de Representantes, en marzo de 1896, coincidió con el desarrollo de una campaña de prensa en Estados Unidos y México, en la que se planteaba la anexión de Cuba a la República Mexicana como una posible salida al conflicto.
Esta propuesta respondía a un antiguo proyecto de determinados sectores de la clase política mexicana, reactivado en ocasión del estallido de la crisis colonial en 1895.65
El proyecto anexionista estaba auspiciado de forma extraoficial por el secretario particular de Mariscal, el mexicano de origen cubano Carlos Américo Lera, y, si bien era contemplado con simpatía por el gobierno mexicano, su concreción no llegó a constituir nunca un objetivo real de la diplomacia porfirista. Este hecho puede deducirse, tanto del análisis de la correspondencia cruzada entre Mariscal y los representantes mexicanos en Madrid, Washington y La Habana entre 1895-1897, como por el hecho de que Lera fuera alejado de los centros de toma de decisiones y trasladado a la legación mexicana en Guatemala en septiembre de 1896.
La negativa de los distintos actores implicados en la crisis cubana a aceptar los intentos de mediación de distinto signo, efectuados por la diplomacia mexicana entre 1896- 1897, llevó al gobierno mexicano a resignarse finalmente a una inminente intervención estadounidense en Cuba. En este sentido, el ministro mexicano en Washington rechazó las últimas gestiones llevadas a cabo por los separatistas cubanos para que México promoviera una mediación iberoamericana entre Estados Unidos y España y evitara, de esta manera, la probable anexión de Cuba a la potencia estadounidense.
El estallido de la guerra hispano-estadounidense llevó al gobierno mexicano a mantener una actitud de estricta neutralidad, que sólo podía favorecer a la potencia más lejana al escenario del conflicto. En este marco, si bien la necesidad de evitar una crisis con Estados Unidos impidió que las autoridades mexicanas prestaran cualquier tipo de ayuda al gobierno español durante el conflicto, el régimen porfirista toleró, en la medida en que le fue posible, las actividades encubiertas de los agentes españoles en México.
Como hemos visto, los objetivos geopolíticos de la diplomacia española en México, dirigidos a evitar que este país se convirtiera en una posible base de operaciones de los separatistas cubanos, coincidieron con el interés mexicano por impedir la anexión de Cuba a Estados Unidos. De ahí que ambos Estados mantuvieran una perfecta sintonía en torno al que, sin duda, fue el mayor problema de la diplomacia española durante el último tercio del siglo XIX: la cuestión de Cuba.
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DESARROLLO.
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1.- Reunidos en equipos los alumnos revisaran el contenido del material investigado para que identifiquen los grupos sociales y la convivencia entre ellos asi como las ciscunstancias en que se dieron las elaciones internacionales en la epoca de la colonia y el porfiriato.
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2.- En hojas de rotafolio los alumnos en equipo expondran mediante un cuadro comparativo las relaciones que existireron durante las epocas de la colonia y el porfiriato.
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3.-En forma individual el alumno registrara por escrito todo lo expuesto en clase por los equipos.
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CIERRE.
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1.- Por equipo los laumnos realizaran una revista donde presenten las relaciones y convivencia internacional de los diferentes grupos sociales durante la colonia y el porfiriato.
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2.- Caracteristicas de la revista:
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a) Portada
b) Nombre
c) Indice
d) Direccion
e) Contenido diverso
f) Imagenes
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